La reciente agresión a un camarógrafo de Imagen Televisión en el corazón de Puebla no es un hecho aislado, sino el síntoma más violento de un Centro Histórico que se le ha escapado de las manos a la autoridad. Lo que comenzó como un problema de comercio informal y apartado de lugares, hoy se ha transformado en una zona de gobierno paralelo donde la inseguridad y el ambulantaje están desbordados. Mientras los trabajadores de los medios de comunicación intentan documentar el desorden, son recibidos a golpes y despojados de sus herramientas de trabajo ante una ausencia de vigilancia que resulta cómplice por omisión.
Ante este ataque directo a la libertad de expresión, surge la pregunta obligada que se hace toda la ciudadanía: ¿Realmente se detendrá a los responsables de esta cobarde agresión o todo quedará en una promesa más de escritorio por parte del Ayuntamiento de Puebla? La historia reciente nos hace dudar, pues el patrón es siempre el mismo: ante la presión social se anuncian investigaciones, pero los verdaderos culpables rara vez pisan la cárcel. Existe un temor fundado de que, en caso de haber detenciones, se presenten "chivos expiatorios" para calmar las aguas, mientras los verdaderos autores materiales e intelectuales siguen operando bajo el cobijo de la sombra del portal.
Es inadmisible cuestionarse hasta cuándo las organizaciones de comerciantes ambulantes seguirán mandando por encima del gobierno municipal en el primer cuadro de la ciudad. Las calles no pertenecen a los poblanos, pertenecen a grupos que han hecho de la vía pública su feudo particular. Si los líderes de estas agrupaciones están plenamente identificados y es de conocimiento público quiénes controlan el negocio de los franeleros y el ambulantaje, ¿por qué no se actúa contra ellos? La falta de detenciones contra los cabecillas sugiere una debilidad institucional o, peor aún, pactos políticos que se pagan con la tranquilidad de los ciudadanos.
El Centro Histórico debería ser la joya de la corona y el orgullo de la administración, pero hoy es el escenario de un desgobierno que agrede a la prensa y somete a los transeúntes. La realidad en las calles contradice cualquier discurso oficial de progreso. Puebla no puede presumir avances cuando sus calles están secuestradas por líderes que se saben intocables. Lo que hoy vivimos en nuestra zona monumental no es, bajo ninguna circunstancia, una "capital imparable", sino un DESASTRE IMPARABLE que exige orden y justicia inmediata.













